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Lo insensato de Dios - PII

En nuestra columna anterior el subtítulo decía: “La libertad verdadera proviene de ser un siervo”, esto se refiere a la tendencia que existe entre la humanidad en general, es que entre más confiamos en las armas, más efectivos seremos en la guerra.  Todos se sienten impresionados con las demostraciones externas de poderío militar.

Anualmente se celebran en Estados Unidos exhibiciones de los nuevos aviones de guerra, y nadie puede negar que en un sentido impresionan, aunque esto sea engañoso.  Todo este sofisticado armamento puede hacernos pensar que estamos a salvos y seguros, cuando realmente no es así.  En ese sentido, son más bien armas de engaño masivo.

La Biblia dice que nuestros verdaderos enemigos son espirituales más que físicos.  Es decir que estamos peleando contra legiones del mal, las fuerzas demoníacas de las tinieblas.  Pablo nos advirtió esto en Efesios 6:12: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

Claro está, hay un lugar para la guerra convencional, sin embargo, es una futilidad librar una guerra espiritual con sólo armamento físico.  Es como tratar de contener el agua dentro de un colador.  Lo que las personas han ignorado es que la guerra terrorista tiene un componente espiritual que no se puede desconocer.  Entre más pronto captamos el mensaje, mejor.

En el Israel antiguo, los sacerdotes armados con sus trompetas eran considerados una parte tan importante de la fuerza de guerra, como los más afamados y poderosos guerreros, tal como leemos en Josué 6:9. ¿Puede usted imaginarse ir a la batalla con una porción significativa de su ejército, armado con instrumentos musicales en lugar de armas?  Suena absurdo y hasta loco, pero eso es precisamente lo que hacían los israelitas de la antigüedad.

Las realidades espirituales son la razón verdadera de las realidades físicas.  La oración puede ser un arma poderosa cuando impacta las fuerzas poderosas en el reino espiritual.  Tal como en esta ocasión en que Eliseo oró: “Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? El le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 R. 6:15-17).

En el Israel antiguo, el pueblo de Dios obtenía la victoria, no tanto por su poderío militar, sino porque eran poderosos en oración y alabanza.  El rey David, aclamó y alabó a Dios por medio de Asaf, para liberación, y decía: “... Sálvanos, oh Dios, salvación nuestra; recógenos, y líbranos de las naciones, para que confesemos tu santo nombre, y nos gloriemos en tus alabanzas” (1 Cr. 16:35).

Este mismo principio se aplica hoy: “Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria” (Sal. 20:7).

La vida proviene de la muerte

Cuando se mira cara a cara, la muerte luce como tinieblas, desesperación y derrota.  El apóstol Pablo dijo de nuestro enemigo final: “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Co. 15:26).

Sin embargo, la muerte también es la puerta de entrada hacia la gloria, nueva vida y victoria final.  Tal como lo describe Pablo en 1 Corintios 15:20-23, 42-44, 53-57.

En una de las lecciones más conmovedoras de la naturaleza, aprendemos que incluso una simple semilla de grano, primero debe morir, antes que pueda brotar una nueva vida de ella: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn. 12:24).

El Señor Jesucristo tuvo que morir antes de poder resucitar en poder y gloria.  La Biblia dice: “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder” (1 Co. 15:42, 43).

Si desea ser el primero, póngase de último

Casi siempre los patrones del mundo están en desacuerdo con Dios.  Este hecho es visto fácilmente en el Sermón del Monte, en donde el Señor Jesucristo enunció una serie de principios del Reino que distinguió de muchos valores comunes sostenidos por el mundo.

Uno de esos principios del Reino es el dado en Mateo 5:5 y Salmo 37:11, y es que “los mansos heredarán la tierra”.  ¡Cuánta diferencia hay en esto y en lo que observamos en el mundo hoy! 

El actual sistema mundial es dominado por los individuos más ricos, fuertes y poderosos en el planeta.  A menudo el código de ellos es: «Quien tiene poder siempre está correcto».

¡Esto es positivamente una secuela de las enseñanzas de Darwin!  Que sólo los fuertes y dominantes sobreviven, que la selección natural es lo mejor.  Sin embargo, no siempre será así, porque en el Reino venidero gobernarán los mansos.

Algunas personas que fueron poderosos e importantes en esta vida, no llamarán la atención para nada en la otra, mientras que otros que apenas eran notados se convertirán en gobernantes.  Tal como dijo el Señor Jesucristo: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros…  Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre. Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 19:30, 20:20-28).

El Señor se inclinó y les lavó los pies a sus discípulos, de hecho, insistió en que debía hacerlo: “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.  Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?  Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.  Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo” (Jn. 13:5-8). 

De acuerdo con el punto de vista del mundo, esto fue una gran humillación.  Incluso el título favorito que Jesús usaba para sí mismo, era “Hijo del Hombre” en lugar de decir “Hijo de Dios”.

Colosenses 1:16, 17 afirma, que Él creó el universo: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten”.  Pese a todo, durante su vida terrenal fue humilde, tal como afirma Pablo en Filipenses 2:5-11: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.

Un sabio cristiano, dijo: «¿Desea ascender? Comience por descender. ¿Quiere planear una torre que se eleve hasta las nubes?  Ponga primero el cimiento de la humildad».
Continuará…

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