Lo insensato de Dios - PIII
- Fecha de publicación: Sábado, 24 Enero 2026, 20:20 horas
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Las posesiones terrenales son temporales, transitorias e ilusorias. El Señor dijo en Mateo 24:35a, que un día “El cielo y la tierra pasarán...”. También dijo el apóstol en 2 Pedro 3:12b, que “¡ ...los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!” Es decir, que todo el universo físico pasará.
Tenemos la tendencia a pensar que el mundo físico es lo único real, tangible, y que el espiritual es irreal. Sin embargo, la Biblia presenta una perspectiva, un punto de vista muy diferente de la realidad. Nos dice que este universo físico está limitado, que no es infinito, porque sólo Dios es infinito. La primera línea del libro de Génesis, declara: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn.1:1). Por consiguiente, Dios y la eternidad son las realidades finales.
Antes que nada existiera, Dios estaba allí. Él es real. La ciencia moderna parece apoyar este punto de vista. Los físicos dicen que vivimos en una matriz gigantesca compuesta de electrones y otras partículas subatómicas que giran, y que de hecho los científicos nunca han visto.
Si una partícula como un neutrino, fuera tan grande como el tamaño de un guisante, el guisante más cercano en el núcleo podría estar como a unos 160 kilómetros de distancia, o tal vez más. Eso indica cuán distante pueden estar las partículas.
¿Y qué hay en medio de la expansión de estas diminutas partículas? ¡Nada! Para nosotros es muy difícil asimilar esto. Cuando vamos caminando por un lugar pedregoso y tropezamos contra una roca, ciertamente sentimos que nos ha lastimado, porque nos golpeó fuerte. Pero si pudiéramos observar esa misma roca a un nivel subatómico, ¡veríamos que está compuesto en su mayor parte de espacio vacío!
Los científicos han sugerido que la cantidad de sustancia real que compone el universo completo, todas las galaxias y sistemas solares que podemos ver con telescopios y otros artefactos podrían comprimirse en una burbuja del tamaño de una pelota de ping pong. ¡Eso indica que el universo está constituido en su mayor parte por espacio vacío! Increíble, ¿cierto?
Con esto en mente, entonces, ¿en qué debemos invertir? ¿En algo que en su mayor parte está constituido por la nada, y que no durará, o en algo que es real y que permanecerá por la eternidad? La respuesta debe ser obvia: Debemos invertir en la eternidad, la realidad final.
No asombra entonces que el Señor Jesucristo dijera: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mt. 6:19, 20).
Pero... ¿Cómo hacemos tesoros en el cielo? Muy simple, entregándole a Dios mientras estamos en la tierra, nuestras posesiones y nosotros mismos. Cada vez que damos con un corazón lleno de amor, Él lo sabe. Cada vez que ayudamos a alguien que lo necesita o apoyamos económicamente su obra, Él lo sabe. Ninguna ofrenda, no importa lo pequeña que sea, escapa de su atención. Tal como declara este pasaje: “Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía” (Lc. 21:1-4).
Dwight L. Moody, el famoso evangelista norteamericano, contaba la historia de un niñito que estaba parado tristemente al lado del lecho de su abuelo agonizante. A este hombre distinguido le había ido muy bien en el mundo de los negocios. Era propietario de varias compañías, vivía en una mansión palaciega, tenía muchos empleados, criados y conducía automóviles costosos.
Este pequeño niño era curioso como la mayoría de los chicos. Y le preguntó: «Abuelo, cuando estés en el cielo, ¿vivirás en una casa grande?» Las lágrimas nublaron los ojos del hombre mientras pensaba en la pregunta inocente de su nieto. Finalmente suspiró y dijo: «No querido, temo que no».
Este hombre enfermo sabía que era cristiano, pero estaba dolorosamente consciente de que había estado más dedicado a sus negocios que a las cosas espirituales. Cuando miró retrospectivamente a su propia vida, se sintió avergonzado al admitir que había puesto sus prioridades en el lugar equivocado y que tendría muy pocos tesoros en el cielo.
Jim Elliot, el misionero que fue martirizado en las junglas de Ecuador en la década de 1950, dijo: «No es un necio quien da lo que no puede retener, para ganar aquello que no puede perder».
Continuará