El profeta Abel (II)
- Fecha de publicación: Sábado, 06 Junio 2026, 21:30 horas
- Visitado 2 veces /
- Tamaño de la fuente disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente /
Y Abel, movido por ese amor del Creador, quien le amaba tanto, tomó la mejor oveja de su rebaño y la sacrificó delante de Él como una prefiguración del Cordero de Dios, que “quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29b). Por eso dice la Escritura: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).
Por esto podemos ver, que el hombre recibió revelación incluso desde antes que se constituyera la nación de Israel, o que se le entregara la Ley a Moisés. Por ejemplo: Adán vivió 930 años y murió sólo 243 años antes del diluvio. Su nieto Matusalén, quien vivió por 243 años junto con Adán, murió el año del diluvio. De tal manera que la revelación que Adán y Eva recibieron en el huerto del Edén, estuvo disponible de boca de los mismos protagonistas por casi un milenio y luego a disposición de parte de esos que los conocieron personalmente por casi otro milenio. Noé y sus hijos pudieron haber conocido a Matusalén, quien a su vez conoció personalmente a Adán.
Abel, el segundo hijo que le nació a Adán y a Eva era un profeta, tal como lo dijo el Señor Jesucristo: “Desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación. ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis” (Lc. 11:50, 51). Y ofreció un sacrificio por fe en la Palabra de Dios.
Enoc era un profeta, y profetizó de la segunda venida del Señor Jesucristo: “De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Jud. 14 y 15). Su rapto al cielo fue también un testimonio a los hombres: “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (He. 11:5).
Job fue un profeta y tenía comprensión de la resurrección del cuerpo y de muchas otras grandes verdades: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25-27). Job vivió después del diluvio y antes de Moisés.
Noé fue predicador de justicia. Y durante 120 años, mientras estuvo construyendo el arca, fue un testimonio a su generación: “... Sino que guardó a Noé, pregonero de justicia, con otras siete personas, trayendo el diluvio sobre el mundo de los impíos” (2 P. 2:5b).
La ofrenda de Abel
Ahora, observe las características de la ofrenda de Abel:
1 - Abel presentó su ofrenda de acuerdo con la Palabra de Dios. Había prestado atención cuidadosa a las instrucciones del Creador y no trató de modificar el plan Divino en conformidad con su propia forma de pensar. Fue el padre de todos los que reconocen la Palabra de Dios como la única autoridad en asuntos de fe y práctica. Entendía que sólo hay un camino para Dios y que esos que siguen las religiones falsas no serán aceptados.
2 - La ofrenda de Abel hablaba de su condición pecaminosa, reconoció su culpa personal y cuán indigno era al ofrecer un sacrificio que simbolizaba a Ese que sufriría en su lugar. No pretendió ser un hombre justo, ni que Dios aceptara sus obras. Reconoció que el pecado es algo muy serio delante del Creador, y que sólo puede limpiarse mediante la sangre y muerte del Señor Jesucristo.
3 - La ofrenda de Abel hablaba de la necesidad de sangre y muerte y era una semblanza de la expiación de Cristo: “Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:24).
4 - Reconoció que sin muerte y derramamiento de sangre no hay remisión de pecados: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23). Ya que “... sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22b). La religión incruenta, sin sangre, es falsa.
5 - La ofrenda de Abel hablaba de la necesidad de sustitución. El Señor Jesucristo recibió en su propio cuerpo el castigo que merecíamos, para que los creyentes recibiéramos su justicia. Como profetizó Isaías: “... Por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is. 53:12b). Y como dijo Pablo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
6 - La ofrenda de Abel hablaba de fe, no de obras: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).
7 - Abel fue salvo por su fe, porque la salvación siempre ha sido mediante la fe sin obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9). “Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia... Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:3, 5). “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit. 3:5).
8 - La ofrenda de Abel hablaba de arrepentimiento. Con el simple hecho de ofrecer el sacrificio ordenado por Dios, Abel demostró que se arrepentía del pecado, la religión falsa y las obras muertas. El Señor Jesucristo nos enseñó que no hay salvación sin arrepentimiento, así lo afirmó en Lucas 13:3, 5: “Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”.
No fue el sacrificio lo que hizo a Abel justo delante de Dios, ya que Hebreos 10:4 dice: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”. Fue su fe lo que hizo su sacrificio apto, por cuanto estaba mirando anticipadamente hacia Cristo, la única ofrenda verdaderamente aceptable delante de Dios. Abel no sabía nada de circuncisión, ni de bautismo. La primera es una ordenanza para el pueblo judío, la segunda para los cristianos, pero ni la una ni la otra proveen salvación. Sólo la sangre de Cristo hace eso, si estamos mirando hacia la Cruz, tal como hicieron Abel y Abraham. Y sobre este último dijo el Señor: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn. 8:56). Es lo mismo que hacemos hoy los cristianos, cuando miramos retrospectivamente a la Cruz. Ningún rito religioso, ni religión, puede conducirnos a Dios, sólo la confianza y aceptación en la obra consumada por Cristo.
Permítanos preguntarle: ¿Se ha colocado en el lugar donde estuvo Abel? ¿Se ha visto a sí mismo como un pecador culpable, condenado justamente por Dios? ¿Ha mirado retrospectivamente a través de los años por fe, tal como hizo Abel hacia el futuro, anticipando la Cruz? No tiene necesidad de hacer ningún sacrificio ahora, porque Cristo ya hizo la ofrenda perfecta: “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (He. 10:12).
Cuando celebramos la Cena del Señor, estamos recordando al Salvador, quien se interpuso entre el cielo y el infierno y tomó sobre Sí mismo el castigo que merecíamos por nuestros pecados.
Continuará...