El profeta Abel (IV)
- Fecha de publicación: Sábado, 27 Junio 2026, 21:26 horas
- Visitado 151 veces /
- Tamaño de la fuente disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente /
Adán y Eva tuvieron muchos hijos e hijas cuyos nombres no se mencionan en el libro de Génesis. Caín obviamente se casó con una de sus hermanas. Esto no era malo en los primeros días de la raza humana, porque el linaje genético no se había debilitado como hoy (Gn. 4:17-24).
Sus hijos pervirtieron la institución matrimonial, ya que Lamec contrajo matrimonio con dos mujeres. El pervertir lo instituido por Dios siempre ha resultado en grandes males morales y confusión espiritual. Ellos además fueron perversos, orgullosos y violentos, aunque llevaron a cabo grandes logros.
Esto fue lo que escribió el gran teólogo Matthew Henry al respecto: «Note que las personas carnales en lo único en que ponen sus corazones son en las cosas terrenales, y en ellas son muy ingeniosos e industriosos. Así fue con la raza impía del maldito Caín. Aquí tenemos al padre de los pastores y al padre de los músicos, pero no a un padre de los fieles. Aquí está uno que era un maestro artífice en bronce y hierro, pero ninguno que enseñara el conocimiento de Dios. Aquí tenemos instrumentos para hacernos ricos y poderosos, y cómo estar felices, pero nada de Dios, ni de su temor y servicio. Son éstas las cosas que colman la mente de la mayoría de personas».
A la luz de todo esto, ¿cómo puede alguien decir que la doctrina no importa? Aquí tenemos una diferencia doctrinal directa entre Caín y Abel, una que es aceptable ante Dios y otra que no lo es. La doctrina de Caín reconoce a Dios como Creador, pero no como Salvador. A Caín le incomodaba eso de la teología de la sangre, y tal vez se dijo: “No importa en lo que crea, con tal de que sea sincero”.
Caín inició así el movimiento interdenominacional, el movimiento ecuménico y la iglesia emergente, pero el profeta Abel, como Pablo estaba diciendo: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Co. 2:2).
Cuando Caín miró hacia la Cruz, no vio a un Salvador derramando su sangre y muriendo en su lugar, sino que vio en esto, una especie de ejemplo de bondad y abnegación que pensó que debía seguir. Él hizo lo mismo que hacen tantos hoy, quienes creen que, porque asisten a la Iglesia cada domingo, depositan unas pocas monedas en el plato de la ofrenda y se abstienen de cometer pecados groseros, Dios está feliz con eso.
Sabemos que muchos “cristianos” famosos y reconocidos mundialmente, hacen mucho más que eso, que sus obras realmente son dignas de encomio, pese a todo profesan la religión de Caín, porque están ofreciendo el producto de sus propias obras, están haciendo lo mismo que hizo Adán, ¡se están cubriendo con la hoja de higuera!
El profeta Abel no dependió de nada de eso, su único deseo fue como el de Pablo, quien dijo: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:8, 9).
Caín ha estado activo en la Iglesia, desde entonces hasta hoy. Lea lo que dice Judas 4: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”.
¿Acaso no tenemos a esas personas hoy en las iglesias? ¡Líderes que condonan el adulterio, la homosexualidad y al hacerlo niegan que no hay ningún pecado del cual Cristo no nos pueda librar! Ahora lea lo que sigue diciendo el versículo 11 de Judas: “¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín...!”
Un punto final: Caín odiaba a Abel y le asesinó. Asimismo, el profeta Abel nos está diciendo hoy: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Ti. 3:12)
Sin embargo, tal vez usted diga: «¡Bueno, yo soy cristiano y nadie me persigue!» Permítanos decirle, sin querer ofenderlo: Tal vez su vida, su forma de hablar y sus costumbres sean tan similares a los de sus vecinos incrédulos, que ellos ni siquiera saben que usted es cristiano. Pero Dios sí lo sabe. Ojalá que las últimas palabras que escuche de Él no sean estas: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:23b).
Nuestras vidas, como la de Abel, deben ser diferentes a la de esos a nuestro alrededor. “Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías. A éstos les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan” (1 P. 4:3, 4).
Si su vida ha sido verdaderamente cambiada por su confianza en Cristo, entonces algunos serán influenciados de manera positiva por su testimonio: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).
Pero, así como Abel ofendió a Caín, de la misma manera habrá otros que también se sentirán ofendidos por su comportamiento. El apóstol Juan escribió: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Jn. 3:12).
A las personas no les gusta quedar expuestas públicamente. Cada día se hace más difícil predicar en contra de la fornicación, homosexualidad, borrachera y codicia, porque nadie quiere verse confrontado con sus pecados.
Pero... ¿Cuál es su esperanza hoy para evitar los dolores del infierno y alcanzar finalmente el cielo?
¿Espera que Dios le declare justo en el día que comparezca ante su presencia? ¿Cree que será por su estilo de vida ejemplar, tan diferente al de sus vecinos?
¿Por la forma tan generosa como da a la Iglesia? ¿Por sus buenas obras? ¿O por sus puntos de vista políticamente correctos, tratando siempre de no ofender a nadie?
Permítanos decirle: Ninguna de esas cosas lo hacen justo delante de Dios aparte del Señor Jesucristo.
Porque no hay otra cosa, ¡excepto la sangre de Cristo! ¡Sólo esa sangre que Cristo derramó sobre la Cruz una vez y para siempre por los pecadores! Él le llama y le dice: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22).
Mírelo a Él, véalo sangrando y muriendo sobre la Cruz y crea que fue por usted. Que fue su pecado lo que lo llevó allí. El pecado por el cual hizo expiación con su propia sangre, pagando el rescate por su alma, librándola de la condenación y eterna separación de Dios.
En esta forma, y no en ninguna otra, experimentará el gozo de que sus pecados han sido perdonados y que tiene paz y seguridad eterna con Dios. Sólo así llegará “... Al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles... A Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22b, 24).
La sangre de Abel clama por justicia, como le dijo Dios Jehová a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gn. 4:10b). ¡Pero la sangre de Jesús clama por perdón para todos los que confían en Él!