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Amor y Justicia Divina

Es muy doloroso amar y que la persona amada nos rechace con desdén, nos ignore o responda con frialdad al amor que le ofrecemos.  Es imposible para nosotros imaginar, cómo debe sentirse Dios, quien ama a una humanidad que continúa rechazándolo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:16, 17).  Dios, no sólo nos ama, sino que anhela que nosotros también le amemos, tal es la naturaleza de su amor: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Jn. 4:8).

Es asombroso pensar, que el hecho de que el mismo Creador del universo nos ame, nos motiva tan poco.  ¡Conocer a Dios es amarlo!  ¡Pero no lo queremos como debemos, si pasamos tan poco tiempo en compañerismo con Él y no meditamos en su Persona, obra y Palabra!  El primero y más grande de todos sus mandamientos para el hombre es: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5).  El Señor Jesucristo asimismo dijo: “... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt. 22:37 y Mr. 12:30).

Al poner el amor de primero, Dios demuestra que la obediencia a sus mandamientos debe ser un gozo, no una carga.  Verdaderamente, el Señor no acepta el sometimiento que no sea motivado por el amor.  Como enseña su Palabra: “... Así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Ro. 13:10).  “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gá. 5:14).

Dios creó en nosotros la capacidad de amar, de la misma manera requiere nuestro amor, no para tiranizarnos, sino porque desea bendecirnos.  Ese hecho parece a menudo difícil de creer.  Visto desde nuestra limitada perspectiva, estas circunstancias que el Señor permite a menudo que lleguen a nuestras vidas, nos parecen una manera severa e innecesaria de castigarnos.  Somos como bebés llorando en la cuna, porque nuestro padre o madre nos ha quitado de las manos una cuchilla de doble filo.

El amor anhela lo mejor y las mayores bendiciones para el ser amado, y lo más grandioso para nosotros es un compañerismo íntimo con nuestro Creador.  Por eso dice su Palabra: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6).  En lugar de eso, muchos buscan las bendiciones que esperan recibir de Dios, mientras pierden de vista la verdadera recompensa: A Dios mismo, quien nos bendice.  El don más grande que puede darnos el Creador, es Él mismo, tristemente muchos buscan los dones, en lugar del Dador.  Hoy, se enfatiza mucho la sanidad, la prosperidad, bendiciones y felicidad.  ¡Qué ganga tan pobre, ganar el mundo entero y pasar por alto a Dios!  ¡Cuántos consideran un gran privilegio conocer a un gran personaje de este mundo, mientras no les preocupa para nada tener un compañerismo íntimo con el Creador!

El amor de Dios es un tópico que no se toma en cuenta entre muchos cristianos.  Se enseña mucho respecto a amarnos unos a otros, pero muy poco con respecto al gran amor de Dios por nosotros, y nuestra respuesta al amor de Él.  Cuando enfrentamos una crisis, a menudo nos animamos con la frase “todas las cosas... (nos) ayudan a bien”, mientras que nos olvidamos de decir, que estas promesas son para “los que aman a Dios” (Ro. 8:28).

Dios le dijo a Israel en forma repetida: “Y que hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Dt. 5:10).  El apóstol Judas escribe: “Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Jud. 21), pero ni los seminarios ni los pastores cristianos se toman el trabajo de enseñar cómo se alcanza esto.

Los poetas, escritores y novelistas coinciden, en que el amor es la más maravillosa de todas las experiencias humanas.  Sin embargo, lo han romantizado y colocado en una categoría, por consiguiente, puede dejarse porque se le ha divorciado de su principal ingrediente: la fidelidad.  Al ordenarnos que le amemos, Dios nos dice que el amor es una opción y un compromiso, porque además de amarlo a Él, debemos también amar al prójimo (Mr. 12:28–31).  Incluso debemos amar hasta a nuestros enemigos: “Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen” (Lc. 6:27).

Cuando el amor ocupa su lugar correcto, todo lo demás está en armonía: “Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23).  Nuestro corazón a menudo se siente quebrantado cuando pensamos en lo mucho que el Señor nos revela su afecto y en las pocas veces que le expresamos nuestro amor fervientemente.  Dios no acepta la adoración o la alabanza que no sea motivada por el amor, acompañada por la obediencia que produce ese amor.

Sin el amor a Dios, la adoración está vacía, es sólo formas y frases.  No hay virtud inherente o poder en el mismo acto.  Tal como hace el catolicismo en su liturgia o ritual, esto dice Dios en Isasías 1:11-14.

Igualmente, abominable es la repetición de fórmulas, tal como el rosario: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mt. 6:7, 8).

De hecho, Pablo nos dice que, sin amor, nada tiene significado: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Co. 13:1-3).

En el Antiguo Testamento, Dios le recuerda a menudo a su pueblo Israel que su obligación principal es amarle, y que si lo hacen los bendecirá abundantemente: “Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos, sus decretos y sus mandamientos, todos los días” (Dt. 11:1).  “Amad a Jehová, todos vosotros sus santos” (Sal. 31:23a).

Trágicamente, en lugar de amar a Dios, Israel practicó la idolatría de las naciones que lo rodeaban.  Por causa de esto, el Señor ejecutó su juicio sobre su pueblo escogido al que amaba, lamentándose de continuo por ellos: “¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar” (Is. 48:18).

Asimismo, el Señor Jesucristo como una clara expresión de su Deidad, lloró por Israel: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mt. 23:37).

Antes de que podamos amar a Dios, Él nos atrae con lazos de amor, el Creador no ha dejado de hacerlo, el problema es nuestra falta de respuesta.  Todos podemos testificar que el Señor ha sido consistente en su deseo de convencernos de su amor y en atraernos a sí mismo.  Él, por medio de su Espíritu, nos revela la grandeza de su amor.  Nosotros no buscamos a Dios por iniciativa propia, sino que Él en su gran amor nos busca primero: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10).  Como resultado: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19).

Sabemos esto por fe, sin embargo, nuestras vidas, muy a menudo no reflejan su realidad. Tal vez, parte de este problema es que encontramos difícil creer que Dios, quien es tan alto en santidad, infinito en poder, sabiduría y conocimiento, pueda en realidad amarnos.  Creemos que nos ama, pero al mismo tiempo su amor parece ser más un asunto de principio universal, que algo verdaderamente personal. 

Muchos cristianos que aman a Dios, a pesar de todo se sienten asaltados por preguntas confusas respecto a su amor por ellos.  Se preguntan, por ejemplo: «¿Por qué Dios no me habla con voz audible y demuestra sin lugar a dudas que existe?»  Incluso hasta dicen que nadie puede creer el Evangelio sin los milagros que lo acompañan.
Continuará...

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