Amor y Justicia Divina - P2
- Fecha de publicación: Sábado, 29 Agosto 2026, 19:22 horas
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Ningún pueblo tuvo una evidencia tan abrumadora como Israel: Dios dividió delante de ellos el mar Rojo y luego exterminó a los enemigos que les perseguían: “Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas… Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza, y los egipcios al huir se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar” (Éx. 14:21, 27).
Dios les habló con voz audible desde el monte Sinaí y su voz estuvo acompañada por un terremoto y fuego: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera” (Éx. 19:18).
Se manifestó en una columna de fuego por la noche y una nube por el día: “Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche” (Éx. 13:21).
Proveyó para ellos ropa y zapatos, mientras se encontraban en el desierto: “Y yo os he traído cuarenta años en el desierto; vuestros vestidos no se han envejecido sobre vosotros, ni vuestro calzado se ha envejecido sobre vuestro pie” (Dt. 29:5).
También les envió alimento desde el cielo: “Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán” (Éx. 16:35).
A pesar de todo, ningún pueblo ha sido tan incrédulo y rebelde como ellos: “Pero mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí” (Sal. 81:11). Sin duda alguna, Cristo hizo milagros más que suficientes: “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él” (Jn. 12:37). El dilema no es la falta de evidencia o la falla de Dios por no hacer todo lo posible para ganarnos, sino que el problema se encuentra en el corazón del hombre.
La naturaleza incorregible de los corazones sin arrepentimiento quedará claramente demostrada en forma concluyente durante el milenio, cuando el mundo sea un paraíso muy superior al huerto del Edén. Cristo reinará en justicia y los santos con Él en sus cuerpos resucitados y glorificados. Satanás estará encerrado en prisión y nadie podrá tentarlos. Tan pronto como el diablo quede en libertad, multitudes le seguirán en rebelión abierta, tratando de derrocar el gobierno de Cristo desde Jerusalén (Ap. 20:1-5, 7-9). Sin embargo, el argumento persiste: «Si Dios realmente nos ama, ¿por qué permite que alguien vaya al infierno?» La respuesta es obvia: Él no puede ejercitar amor a expensas de su justicia. Su carácter no puede ser dividido. En vista del sacrificio de Cristo, nadie tiene por qué quejarse de lo determinado por Dios sobre los pecadores que rechazan a su Hijo. Es común que los padres que consienten a sus hijos, después de haberlos amenazado con un castigo, terminen por olvidarse de la corrección. Pero Dios no es así. Él hace lo que dice. Todos los que van al infierno sólo tienen que culparse a sí mismos por haber rechazado el perdón Divino. El Padre Celestial nos ofrece por medio de Cristo el perdón de los pecados: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:2).
Considere a un Juez quien preside la audiencia de un hombre acusado de crímenes indescriptibles. La evidencia demuestra que el acusado es culpable y ley exige la pena de muerte. El acusado es el propio hijo del Juez. Con el corazón quebrantado, el padre, en lugar de ejercer justicia, deja una vez más en libertad a su hijo terco y rebelde, que se ha rebelado contra él y contra la autoridad, en un intento vano por cambiar su carrera de crímenes y rescatarlo de la destrucción, y de su persistencia en vivir para sí mismo.
Aunque el amor del padre es constante, si también es un Juez justo, su amor no puede comprometer la justicia. Lo justo es que su hijo pague la pena que requiere la ley. El amor y la justicia, no pueden ser ni sordos ni ciegos a la verdad. El amor no puede ofrecer ni gracia ni misericordia hasta que no se pone al descubierto la verdad completa concerniente al mal que debe ser perdonado. El amor real corrige a esos que ama: “Porque el Señor al que ama, disciplina...” (He. 12:6). Y el Señor Jesús dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Ap. 3:19).
Si realmente amamos a Dios y a nuestro prójimo, nos ocuparemos en predicar a los no regenerados y en reprender a esos que están descarriando a multitudes con doctrinas falsas, porque debemos predicar la Palabra, reprobar y exhortar. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Ti. 4:2), a fin de rescatar tantos como sea posible del juicio final de Dios.
En el huerto de Getsemaní, el Señor Jesucristo “Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Mr. 14:35, 36). El Señor hizo esta súplica, no porque su sufrimiento físico fuese demasiado para soportar, ya que eso no fue lo que nos salvó, sino el juicio que padeció como sacrificio por nuestros pecados. Él recibió el castigo que demandaba su propia justicia infinita: “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento...” (Is. 53:10). “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
La respuesta del Padre fue que era necesario pagar la pena y que sólo Cristo podía hacerlo. Luego entonces, para Dios, permitir que alguien entre en el cielo en base a otra cosa diferente que la Cruz, sería como una bofetada en el rostro de Cristo. También demostraría con ello, que Él, quien no puede mentir, es un mentiroso: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Nm. 23:19).
Cristo no murió por nosotros porque lo mereciéramos, sino por su amor por nosotros. De la misma forma fue con el pueblo de Israel. La triste verdad es que los cristianos hoy, lo único que enfatizan es el amor entre ellos mismos y la autoestimación, en lugar de amar a Dios. Uno de los proponentes de este concepto declara: «La muerte de Cristo sobre la cruz, es la etiqueta del precio que le impuso Dios al alma humana... ¡Esto significa que realmente somos alguien!» De hecho, Cristo no murió por “alguien”, sino por los pecadores. Otro le llama a la cruz, “¡la fundación de la autoestima!” Pero es exactamente lo contrario. El que Cristo tuviera que morir para redimirnos, debería avergonzarnos y hacer que nos sintiéramos eternamente agradecidos, ¡porque el Señor fue clavado en la cruz por nuestros pecados! La pecadora, a quien Cristo perdonó le amó mucho, y Él le dijo: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lc. 7:47).
Entre más conscientes estamos de lo terrible de nuestros pecados, más amamos a Ese que nos rescató del pozo de fango en que nos encontrábamos y nos salvó para sí mismo. Indignos como somos de su amor y sacrificio, nuestro cántico de amor debería ser: “... Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap. 1:5; 5:12).