¿Cuánto le cuesta la Salvación?
- Fecha de publicación: Domingo, 06 Septiembre 2026, 08:04 horas
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Siempre insistimos que la salvación del pecador ya ha sido pagada, de modo que cuando nos preguntamos cuánto nos costará la salvación la respuesta correcta sería... NADA: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col 2:13, 14). Pero no todo es así, porque ciertamente hay un “costo”. Por ejemplo, el pecador, en primer lugar, debe detener el paso en su alocada carrera, y esto para algunos es muy costoso. Debe también oír o leer la palabra de Dios, porque de lo contrario nunca sabrá acerca de la salvación. Luego, lo que es muy difícil, el pecador debe humillarse de corazón, reconociéndose culpable y perdido delante de Dios: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13).
Más adelante, debe despojarse de todo intento propio de salvación, como ser la religión, el sacrificio propio, las buenas obras, etc... Debe reconocer que Dios no quiere ninguna “ayuda para la salvación”, porque, tal como un cadáver que debe volver a la vida, no puede ofrecer ni la menor ayuda, todo lo hace el Señor: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9).
¿Recuerda al Señor frente a la tumba de Lázaro, allá en
Juan 11?
El cuerpo de este caballero estaba en la tumba ya por cuatro días, tanto que Marta, su hermana, había dicho que se había comenzado a descomponer. Pero cuando el Señor le ordenó que saliera, cuando el Señor intervino, ese cuerpo muerto inmediatamente entró en vida y comenzó a caminar, dejando esa tumba fría vacía: “Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:39-43).
De la misma manera el pecador, es, espiritualmente un cadáver. También se encuentra tendido en su propia tumba, que pudiera ser la tumba de la indiferencia, la tumba de sus vicios, la tumba de la religión, la tumba de su tradición familiar, la tumba de su codicia, la tumba de su cultura o profesión, etc.: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mt. 24:5). Todo esto hay que dejar a un lado por un momento y colocar en primer lugar la invitación del Salvador: “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro. 10:9). Dirá usted... «Bueno, pero un cadáver no puede oír la voz, aunque se trate de la voz de Dios». Así es, pero bien sabe que los que ya fueron resucitados sí, la oyeron. Y en el caso del pecador, muerto espiritualmente, en la tumba de su propio cuerpo, más de una vez habrá oído las palabras... «Alberto, ven fuera; Mariano, ven fuera; Santiago, ven fuera». Pero no, nada, ese Alberto, Mariano y Santiago, continúan inmóviles, en el sepulcro de una completa indiferencia en un cuerpo que, más tarde o más temprano también morirá.
¿Acaso cuando una persona oye el Evangelio no es el mandato del Señor, diciéndole... Ven fuera?
Por supuesto que sí. Jesús fue claro cuando dijo: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me nvió” (Mt. 10:40).
Muchas veces siendo ya cristianos, también tenemos ciertas cuotas que abonar, si queremos una vida de victoria. De nuevo, la soberbia, la codicia, los celos (especialmente de que alguien tenga más que uno, sea más capaz u ocupe un puesto más alto y perciba un mejor salario).
La lucha no termina. El costo sí, existe. No para ser salvo, sino que la misma vida nueva que tenemos en Cristo, nos exige una conducta más allá de lo que estaríamos dispuestos a rendir. Para muchos cristianos, el persistir, es decir, la constancia, la permanencia en su puesto de “centinela”, es algo que no puede aceptar.
Muchos cristianos tienen muy buenos planes, buenos deseos, pero nunca logran nada, porque comienzan y luego abandonan. ¡No quieren pagar la cuota que nunca llega a “0”!
Bien dice Job: “¿No es acaso brega la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los días del jornalero?” (Job 7:1). Dicho en otras palabras, la vida del hombre, especialmente la del cristiano, es una lucha diaria, sin tregua. Si no fuera así, volveríamos a ser tan mundanos como el peor de ellos. El dolor, el sufrimiento, el tener que estar en guardia, siempre alerta, es muy saludable para disfrutar de salud emocional y espiritual: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12, 13).
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Ef. 6:10, 11).
Entonces... ¿Cuánto le cuesta la Salvación? NADA, pero el andar en la nueva vida, sí, le cuesta bastante dolor, lágrimas, sumisión y dependencia del Señor.