Lo insensato de Dios
- Fecha de publicación: Sábado, 10 Enero 2026, 20:40 horas
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Dijo el apóstol Pablo por inspiración Divina: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Co. 1:25). La palabra “insensato” en el pasaje bíblico citado, se origina del término griego «moros», del cual se deriva la palabra «morón» que, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, significa «idiota, que padece idiocia».
Pero... ¿Cómo puede el Dios perfecto, omnisapiente de alguna forma hacer algo insensato? La sola idea parece ser irrespetuosa, ¡tal vez hasta blasfema! Sin embargo, es obvio que la Biblia habla claramente de “lo insensato de Dios”.
Sin embargo, luego de reflexionar nos damos cuenta que Pablo está empleando aquí un instrumento literario. Es una paradoja, una contradicción aparente de términos, intentando enfatizar un punto, es decir, que incluso la idea más necia de Dios, es infinitamente superior a la más grande sabiduría del hombre.
Es un punto que toca muy cerca a muchos de nosotros. ¿Alguna vez ha tenido que decidir entre obedecer a Dios o seguir su propia sabiduría y lógica? Yo lo he hecho, y tal vez usted también.
Abraham enfrentó tal decisión. Dios le llamó para que abandonara su tierra en Caldea, sin siquiera decirle al pobre hombre a dónde tenía que ir: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gn. 12:1).
Abraham, cuyo nombre original era Abram, obedeció las instrucciones de Dios. Hasta donde sabemos, respondió de inmediato, sin vacilar o pensarlo mucho. Él y su familia lo empacaron todo y partieron sin siquiera preguntar a Dios respecto a su lugar de destino: “Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán” (Gn. 12:4).
La obediencia de ellos llega a ser incluso aún más impresionante, cuando advertimos que estos eventos tuvieron lugar hace 4.000 años, cuando el viajar era algo lento y peligroso. En esos días las personas no contaban con automóviles, trenes, aviones, e incluso ni siquiera una bicicleta. Las únicas carreteras, eran caminos pedregosos, rutas peligrosas plagadas de asesinos y asaltantes. No asombra entonces que tantas personas vivieran sus vidas por entero, desde la cuna hasta la tumba, a no más de 15 kilómetros de distancia del lugar donde nacieron.
Sin embargo, Abraham, junto con toda su familia y su ganado, estuvieron dispuestos a embarcarse en una jornada de unos 800 a 1.300 kilómetros, dependiendo de la ruta que tomaron. ¿No le parece increíble?
Si fuésemos Abraham, habríamos hecho muchas preguntas, tales como éstas: «¿Hacia dónde vamos a ir? ¿Cómo serán las personas que viven en ese lugar? ¿Qué idioma hablan? ¿Podremos encontrar trabajo allí? ¿Qué tal serán las escuelas? ¿Cuánto tardará nuestro viaje? ...»
Pero Abraham no cuestionó las órdenes de Dios, sólo las siguió. Ahora, no estoy sugiriendo que debemos vivir nuestras vidas de forma despreocupada, ni tampoco estoy sugiriendo que las decisiones ilógicas son siempre las mejores, ¡nada más lejos de eso! Mi punto simplemente es este: debemos recordar que los caminos de Dios son siempre los mejores, porque su sabiduría es infinitamente mayor que la nuestra. De hecho, la Biblia delinea un buen número de paradojas divinas, en donde Dios reta nuestra sabiduría humana convencional.
La libertad verdadera proviene de ser un siervo
Una de estas paradojas Divinas, es que no somos verdaderamente libres, hasta tanto no nos convertimos en siervos. El apóstol Pablo dijo de sí mismo: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios” (Ro. 1:1). Aquí, la palabra griega para «siervo» es «doulos».
En el antiguo imperio romano, la razón más común para que alguien se convirtiera en doulos, es decir, en esclavo o siervo, era para pagar una deuda. Sin embargo, alguien se convertía en esclavo, simplemente para tener comida para su familia y un techo que lo cubriera.
Entonces tenemos aquí a Pablo, quien era un ciudadano romano, un hombre libre, educado y criado en una clase alta, ¡refiriéndose orgullosamente a sí mismo como un esclavo común y corriente!
Sí, era muy cierto. Pablo estaba muy consciente que el Hijo de Dios había pagado un precio muy alto para redimirlo. Por eso escribió:
1. “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6:20).
2. Asimismo dijo Pedro: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 P. 1:18, 19).
¡Esto debería ser cierto para todos nosotros! De esta paradoja podríamos derivar un subtítulo, que podríamos llamar: “La verdadera identidad e individualidad, proviene únicamente de la sumisión”.
Algunas personas piensan que Dios desea que todos sus hijos luzcan, hablen y piensen como si fueran robots, como marionetas a su servicio. Sin embargo, todo lo que tenemos que hacer es mirar a la creación que nos rodea, para reconocer que Dios valora la individualidad.
Se dice que ni siquiera dos copos de nieve son exactamente iguales ¡y hay literalmente billones de estas obras de arte microscópicas! ¿Cómo le parece esto en lo que respecta a variedad e individualidad?
El diablo desea que pensemos que el propósito de Dios es dominarnos y ahogarnos. Esta fue la mentira que le hizo creer a Adán y a Eva en el huerto del Edén. Convenció a Eva que Dios estaba tratando de refrenarlos para que alcanzaran su verdadero potencial. Cuando la verdad era completamente lo contrario, como dice el recuento bíblico de Génesis 3:1-7.
El enemigo ahoga, estanca y estrangula, mientras que Dios trae libertad, identidad y realización final. Cuando nos convertimos en siervos de Jesús, Él nos otorga libertad para que nos transformemos en los individuos únicos para lo que nos creó.
Nuestra verdadera identidad está en Él mientras aprendemos a convertirnos en todo lo que desea que seamos. El Señor Jesucristo dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36).
Continuará…
