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El profeta Abel

  • Fecha de publicación: Sábado, 30 Mayo 2026, 19:44 horas

Hoy le vamos a plantear una pregunta enigmática: ¿Cómo puede un hombre que nunca habló mientras estaba vivo, hablarnos ahora que está muerto?   Sí, ese hombre es Abel.  En el recuento del libro de Génesis, no leemos que hubiese dicho algo, lo único que sabemos de él, es que “... Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató” (Gn. 4:2b-8).

Pese a todo, el escritor de la Epístola a los Hebreos le llama un hombre de fe: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (He. 11:4).

Pero más que eso, nuestro Señor Jesucristo cuando se dirigió a los fariseos y maestros de la Ley, le llamó profeta, dijo: “Para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación” (Lc. 11:50, 51).

De tal manera que Abel era un profeta, y debemos notar que nuestro Señor compara a los escribas y fariseos con Caín, quien le dio muerte a Abel.  Pero, nos gustaría preguntarle algo más: ¿En qué consistió la fe de Abel y cómo difería de la de Caín?  ¿Por qué se le llama a Abel un profeta, y qué es lo que tiene que decirnos hoy?

Creo que lo que Abel está diciendo es: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.  Confía en su sangre derramada sobre la Cruz.  Haz de eso tu única esperanza.  Cuando vayas delante de Dios y te confieses pecador, usa como tu único medio intercesor, su muerte sobre la Cruz».

Ahora, ¿de dónde hemos sacado todo esto?  Bueno, para saberlo tenemos que buscar en la Biblia que Abel conocía, ¡porque Abel creía en la Biblia!  Sin embargo, como murió en el capítulo 4 de Génesis, todo lo que tenemos son los capítulos 1 al 3 de Génesis, para averiguar qué pudo haber aprendido de sus padres.  Ellos, sin duda, debieron contarle de cómo era la vida en los primeros días en un mundo perfecto, su terrible caída cuando pecaron, y la esperanza que les diera Dios.

Sabemos que cuando hizo el mundo, “Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera...” (Gn. 1:31a).  Eso significa que no había pecado, ni decadencia ni muerte.  La primera pareja fue colocada en este medio maravilloso y se le encomendó la misión de cuidar del huerto: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Gn. 2:15).  Luego sigue diciendo Génesis 2:25, que “... Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.  Poniendo esto en una forma teológica, lo que quiere decir es que no tenían puesta ninguna cobertura para el pecado, sencillamente porque no había pecado.  Lo único que tenían que hacer era escuchar la voz de su Creador para que todo continuara bien.

No vamos a detenernos con los detalles de la triste caída de Adán y Eva en pecado, sino que proseguiremos a notar que tan pronto desobedecieron se advirtieron de que algo terrible había cambiado para siempre: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Gn. 3:7).

¡Hojas de higuera!
En los museos en Italia, o si ha tenido la oportunidad de ver alguna enciclopedia de arte, habrá visto las estatuas que se hicieron durante la época del renacimiento, todas desnudas.  Bueno, se dice que un papa católico romano ordenó que, por modestia, les colocaran una hoja de higuera para cubrir sus partes privadas.  Pero esto no funciona, porque realmente no oculta nada, ¡ya que todos sabemos exactamente lo que se encuentra debajo de las hojas!

Eso fue lo mismo con Adán y Eva.  Dios que veía lo que había debajo, supo que estaban tratando de cubrir su pecado.  Y eso es lo mismo que hacemos nosotros cuando tratamos de cubrir nuestro pecado con buenas obras o rituales religiosos, ¡porque Dios puede ver a través de ellos!  Dijo el profeta: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia...” (Is. 64:6a), es decir que todas nuestras buenas obras son inaceptables delante de Dios para cubrir nuestro pecado.  Habacuc 1:13a nos dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio...”.  Porque tal como dice el salmista, entre los hombres: “No hay quien haga el bien” (Sal. 14:1b).  La única cobertura para el pecado debe provenir de Dios, es la única aceptable para Él.

Ahora, repasemos Génesis 3:15, cuando Dios pronuncia su juicio contra la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.  Pero... ¿Quién es esta descendencia de la mujer, pero no del hombre? ¡El Señor Jesucristo, quien nació por el poder del Espíritu Santo de una virgen!  Él fue quien sufrió la herida en el calcañar, y quien aplastará la cabeza de Satanás.  Él es el camino de redención dispuesto por Dios para librar a la humanidad del poder del pecado y la muerte, por medio del segundo Adán: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co. 15:22), mediante la sangre derramada por el Señor Jesucristo.

Esta fue la salvación anunciada a Adán y a Eva, la cual Dios anticipó y simbolizó cuando vistió a la pareja culpable: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Gn. 3:21).  No obstante, para poder hacerlo fue necesario que muriese una criatura inocente.  ¡Eso era todo lo que Abel sabía!  Él debió escuchar toda la historia de boca de sus padres.  Esa era su Biblia, y Dios abrió su corazón para que recibiera todo como una verdad.  Se vio a sí mismo, con sus colores verdaderos, como un pecador en necesidad desesperada de redención.  Y vio que esta esperanza sólo yacía en una cobertura o expiación por sus pecados.  Necesitaba un Salvador, uno que quitara sus pecados mediante un sacrificio de propiciación perfecto, santo y sin mancha, aceptable a Dios. 

Abel miró a través de los siglos y vio con los ojos de la fe al Señor Jesucristo, derramando su sangre y muriendo sobre la Cruz por él: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).
Continuará...

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