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Cuando la oración no es la solución

  • Fecha de publicación: Sábado, 03 Octubre 2026, 19:53 horas

El diccionario de la Real Academia define Orar: «Hacer oración a Dios, vocal o mentalmente».

Es muy común escuchar a hermanos decir... «Tenemos que orar por ese hermano. El otro día lo vi bien ebrio cuando llegaba a su casa. Es un testimonio pésimo y una vergüenza para toda la Iglesia...»

Luego aparece aquél que ha abandonado a su familia. De nuevo se oye... «Hermanos, hay que orar por él para que regrese con ellos, él siempre fue bueno».

Todavía los hay aquellos que tienen el “problema de jugar al azar” y de nuevo la misma historia...  «Hermanos, hay que orar al Señor para que el hermano deje ese vicio... porque ya se está convirtiendo en adicto».

Luego hay otro que se guía por el horóscopo, y de nuevo... «Hermanos debemos orar por ese hermano que siempre le interesa el horóscopo para ver... cómo me irá hoy...»

Por lo visto son muchos los hermanos que piensan que la oración es algo así como un MANTRA.  Usted recita ese mantra y espera que ya viene la respuesta.

Los hay también aquellos que están completamente convencidos que todo lo que se necesita es orar más y más.  Creen que no hay que investigar nada más, para entender el inconveniente que se está teniendo, solamente orar, algo así como un atajo hacia la solución.

La Biblia nos hace ver que no siempre el problema se resuelve con oración.  Debemos analizar algunos cuadros donde...  ¡LA  ORACIÓN  NO  FUNCIONÓ!

LA  GRAN  CONQUISTA  DE  JERICÓ

Para aquellos días, Jericó era una gran ciudad, pero fue conquistada por Josué y su ejército.  En realidad, ellos ni siquiera tuvieron que pelear.

Esta conquista fue muy original, porque los israelitas tenían que caminar alrededor de la ciudad los seis días de la semana.  El séptimo, debían hacer siete vueltas, y entonces Dios intervendría: “Al séptimo día se levantaron al despuntar el alba, y dieron vuelta a la ciudad de la misma manera siete veces; solamente este día dieron vuelta alrededor de ella siete veces. Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad. Y será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella; solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella, por cuanto escondió a los mensajeros que enviamos. Pero vosotros guardaos del anatema; ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, no sea que hagáis anatema el campamento de Israel, y lo turbéis. Mas toda la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro, sean consagrados a Jehová, y entren en el tesoro de Jehová. Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron. Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos” (Jos. 6:15-21). No es necesario insistir que fue una gran victoria.

VEMOS AHORA QUE

1. Hubo pecado y vino el FRACASO: “Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel” (Jos. 7:1).

No todo era tan hermoso, porque hubo anatema.  Es decir, un tal Acán había desobedecido a Dios y arrastró consigo a todo el pueblo hacia el fracaso, hacia la derrota.

Por ahora nos interesa recordar que el transgresor, el que pecó, era solamente Acán, un sólo hombre.  Sin embargo, la Biblia dice que los “de Israel cometieron una prevaricación”.

Prevaricar significa que...  «Una autoridad, un juez o un funcionario público, toma una decisión injusta o ilegal a sabiendas de que va en contra de la ley».

Sucedió algo muy sencillo.  Acán codició algunos artículos que encontró y le pareció que no era nada muy grave. Nadie sabía nada, excepto el mismo ACÁN  Y  DIOS.

2. Vino un fracaso INESPERADO: “Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai. Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos. Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua” (Jos. 7:2-5).

Josué envió a algunos hombres para que examinaran la ciudad llamada Hai.  La respuesta de ellos aparece en Josué 7:3: “Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos”. 
En lugar de otra gran victoria, Israel huyó de los de Hai, perdiendo además 36 hombres de guerra.  Nadie se explicaba por qué fracasaron.

Josué y el pueblo apenas comenzaban la gran conquista de la tierra prometida.  Nadie esperaba esta derrota.

Los hombres que examinaron la ciudad de Hai, le aconsejaron a Josué enviar entre dos a tres mil hombres.

Josué optó por la cantidad mayor y envió tres mil para asegurar la victoria.

Lejos de la esperada victoria, murieron 36 hombres y los demás huyeron.
Continuará...

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