La angustia de Pedro ante el Salvador
- Fecha de publicación: Sábado, 28 Marzo 2026, 19:46 horas
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Uno de los relatos más tristes que hallamos en la Biblia es Mateo 26:69-75: “Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno. Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente”.
Aquí encontramos a un hombre, fiel apóstol de Jesucristo, llamado Pedro. Este hombre, que seguramente tenía esposa y probablemente hijos, había dejado todo para seguir al Señor. Pedro había comprobado muchas manifestaciones sobrenaturales en la persona de Cristo. Él, junto con Juan y Jacobo, formaban un trío de quienes ocupaban un lugar de privilegio en el corazón del Salvador. Ellos fueron los únicos que presenciaron Su transfiguración: “Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis” (Mt. 17:1-7). Ellos también acompañaron al Salvador en un momento muy angustioso que le tocó vivir. ¿Puede usted imaginar la impresión que tuvo en Pedro la solicitud del Salvador allá en Getsemaní? (Mt. 26:36-46).
Pero la mayor lección para nosotros la tenemos allá en el patio del sumo sacerdote Caifás, donde Pedro comenzó a verse en serios aprietos, porque él mismo había asegurado que estaría dispuesto incluso a morir por él, tanto lo amaba. Pero llegado el momento para cumplir con su promesa, comenzó a jurar y a maldecir que no conocía a ese... tal Jesús.
¿Cómo se sentía Pedro? ¡Oh cuánto sufría y cuán amarga era esa experiencia para él!
Pero... a pesar de tan grave pecado al negarlo y jurar falsamente, sucedió algo maravilloso en ese patio y en la vida de Pedro. Fue tal el impacto de ese suceso, que Pedro lloraba como una criatura que presencia la sepultura de su propia madre. Incluso un inocente gallo tuvo su cuota en esta experiencia de Pedro, ya que ese canto del gallo era la señal del grave pecado del apóstol: “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mt. 26:74, 75).
La noche era oscura, la atmósfera pesada, las acusaciones contra Jesús eran graves, el odio se notaba en los ojos de los acusadores, quienes deseaban matarlo a toda costa. Un grupo de soldados y otros se calentaban al fuego y Pedro trató de recibir algo de calor también.
Pero... ¡Cuán angustiado se sintió cuando negó a su Salvador! Trató de levantar su mirada de manera disimulada para ver una vez más al Salvador, y entonces... entonces hubo un encuentro visual entre Cristo y Pedro. Fue tan significativa la mirada del Salvador, que Pedro no pudo más. Rápidamente se levantó y se fue buscando las sombras de la noche para llorar “amargamente”.
Nosotros podemos decir: «Yo nunca cometí este pecado de negar a mi Salvador», pero... ¿Es verdad que no lo hemos hecho? Sea cual fuere nuestra vida y testimonio cristiano, de una cosa podemos estar seguros, y es que Él está muy cerca nuestro cuando atravesamos por alguna experiencia amarga. Él puede decirnos hoy: «Hijo mío, yo te vi cuando doblabas tus rodillas para confesarme tus pecados, porque Satanás te sedujo. Yo vi tus lágrimas y me sentí quebrantado contigo. No deseaba que sufrieras tanto y te anticipé del peligro de tu pecado. Pero no te aflijas, tus lágrimas son una plegaria elocuente, más que todas tus palabras.
Y tú, esposa, que sientes tanto y te lamentas porque la circunstancia en el matrimonio no es como lo esperabas. Te prometió lealtad y te dijo ante muchos testigos que: “En lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe”, sin embargo, ahora te sientes defraudada. ¿Acaso crees que yo no veo tus lágrimas y no siento tu dolor? Hija mía, no te cargues con toda la culpa, porque yo juzgaré mejor esta situación.
Yo veo las lágrimas y siento el dolor de las viudas, de los huérfanos, los inválidos, los desamparados y aborrecidos. Yo veo a muchos pequeños en las calles sin rumbo fijo. Sin una habitación, ni cama ni los brazos de padres amorosos para ayudarlos y brindarles afecto y cuidado. Allí estoy yo. Pedro no tuvo que decirme nada de su arrepentimiento, porque sus lágrimas lo han dicho todo. ¡Yo conozco el lenguaje de las lágrimas también, porque es un lenguaje universal!
Yo veo el rostro de la madre que recibe la noticia del médico diciéndole que su pequeña tiene apenas unos días de vida, porque la ciencia ya ha agotado todos sus recursos. Yo estoy para fortalecer y aunque la madre tenga algo de culpa por negligencia, yo no estoy para culparla, sino para consolarla y acompañarla. Me gustan las oraciones humedecidas con las lágrimas que brotan de un corazón quebrantado y muchas veces arrepentido. Esto ocurrió con Pedro, mi apóstol».
¿Con qué o con quién cuenta usted, para la hora de prueba? No es necesario que usted esté en el patio de un Caifás, ni es necesario que le sorprendan con un interrogatorio inesperado ni que algún gallo cante por allí. Tal vez ya está viviendo esa experiencia de Pedro, derramando lágrimas de arrepentimiento. ¿Sabe cuál es el próximo paso después esta experiencia? En la próxima columna se lo diremos.
