La angustia de Pedro ante el Salvador - 2
- Fecha de publicación: Sábado, 04 Abril 2026, 20:25 horas
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En la columna anterior hablamos sobre la experiencia de nuestro hermano, el apóstol Pedro. Él, al igual que los demás condiscípulos suyos, afirmaron que incluso morirían en lugar de su Salvador y Maestro. Pero cuando Pedro vio cuán seria se puso la situación y cuán cercana parecía la muerte del Salvador, se atemorizó y renunció a lo que él mismo había prometido. No sólo eso, sino que pecó gravemente al perjurar, invocando sin duda el nombre de Dios, por temor a ser castigado también.
Pero, y tal como hemos visto, luego sintió gran angustia. Se arrepintió de corazón y buscó la oscuridad de la noche para escapar de la mirada de los demás y poder llorar a solas.
¿No es esta la experiencia de todo cristiano que peca y a veces se ve en la obligación para mentir (o por lo menos piensa que esa es su única salida), sólo para descubrir que pecar más para cubrir lo ya pecado, no funciona?
Debido a esto, Pedro quedó moral y espiritualmente destrozado. Pero hay algo en todo esto que no debemos olvidar. El Señor no solamente lo vio esa noche, sino que sabía de la cita que tendría con él. ¿Cómo habrá pasado Pedro esa noche? La jornada era larga. Todo ese trajín del juicio del Salvador era algo terrible. Pedro miraba todo aquello de lejos, tratando de no ser sorprendido de nuevo. Supo, a no dudar, de todo cuanto finalmente ocurrió, aunque tanto él como los demás lo habían abandonado.
Jesús había sido golpeado, escupido, azotado, burlado, literalmente atormentado. Finalmente lo llevaron al Calvario y allí lo crucificaron. Tanto los judíos como los romanos sabían bien lo que significaba ese estilo de pena capital.
Pedro estaba totalmente confundido. ¿Cómo era posible que Aquél que había demostrado su poder divino en tantas oportunidades, ahora los hombres lo hayan juzgado y sin hallar en él culpa alguna, haya muerto como el peor de los criminales? ¿Y qué de su poder sanador, la multiplicación de panes y peces, el caminar por las aguas, el sanar a los paralíticos, dar vista a los ciegos, hasta resucitar muertos y ahora termine así su carrera?
¡Pobre Pedro! Confundido, avergonzado, debilitado y sumido en un mar de dudas no sabía cómo explicar lo que parecía un revés tan confuso y extraño. ¡Ah, pero llegó el tercer día, esa mañana del primer día de la semana, muy temprano! Pedro parecía revivir, parecía haber resucitado también, porque su trágica experiencia cuando negó a su Salvador lo había llevado a una condición de “cadáver espiritual”. Decidió él mismo correr hasta el lugar donde estaba la tumba que guardaba el cuerpo de su Salvador a fin de salir de toda duda. ¡Qué bueno (se decía) que la noticia de Su resurrección sea cierta! No le cabía duda alguna de lo que había sucedido. Comprendió que, tanto la muerte como la resurrección del Salvador, de lo cual él les había hablado tantas veces, eran sucesos literales, no había en ello alegoría alguna.
Pasaron los días y Pedro, lo mismo que los demás condiscípulos suyos sabían que el Señor había resucitado. Pero... ¿Qué en cuanto al apostolado? Pedro se decía: «No creo que pueda yo continuar con lo que el Señor me había encomendado. Porque él me hizo ver que yo sería un instrumento en sus manos, pero... ¡Eso fue antes de mi trágica negación!» Fue en ese momento cuando él decidió, después de más de tres años, volver a buscar sus viejas redes y marcharse al Mar de Galilea para continuar con la pesca.
Pero el Señor tenía otro programa para el arrepentido Pedro. El Señor se le acercó con el fin de restaurarlo. Pedro nunca había pensado en la restauración de un seguidor de Cristo, y menos aún, que esto fuera posible para un “hombre de batalla”, un hombre que estaría al frente, que sería predicador, que llevaría a miles de hombres y mujeres al conocimiento del Salvador.
Notemos cómo el Señor se acerca a Pedro para “volverlo al ministerio” en Juan 21:15-17: “Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas”.
De todo esto aprendemos valiosas lecciones. Todos los cristianos, incluyendo aquellos consagrados totalmente al Salvador, podemos fracasar, lamentar y caer en una profunda tristeza a causa de algún pecado, alguna decisión o actitud incorrecta. Difícilmente hallaremos entre los hombres algún consuelo, ánimo y restauración. Pero en el Señor sí, obtendremos lo que conocemos como restauración.
Muchas organizaciones e instituciones teológicas que preparan líderes, tienen sus “reglas o reglamentos”, que por lo general no dejan margen para la restauración, pero sí para la condenación. El mismo Señor quien restauró a Pedro, si tratamos cada asunto nuestro (tanto el éxito como el fracaso) directamente con él, podemos estar seguros de lo que encontraremos a su lado. Mirándonos en los ojos nos dirá: «¿Me amas... todavía?» Cuando nuestra respuesta dice: «Sí, tú lo sabes», él continúa: «Apacienta mis ovejas». Todo depende con quién nos aconsejamos después de alguna experiencia amarga y deplorable.
Hermano: Si cree que le ha tocado algo parecido a la experiencia de Pedro, no busque ayuda en los hombres, ni aun entre los cristianos. Búsquela en las páginas de la Biblia, porque el último en condenarlo, será el Señor, los demás ya lo han juzgado y condenado: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).
