No depende del que quiere
- Fecha de publicación: Sábado, 09 Mayo 2026, 20:16 horas
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Bien podríamos incluir en la misma línea de la elección divina las palabras de Romanos 9:16: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia”.
Si tomamos como contexto Romanos 9:1-5: “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. Debemos notar que cuando Pablo dice que su amor es tal por los propios de su pueblo lo expresa así en Romanos 9:3, 4.
¿Cuál es el significado de estas palabras? ¿Qué quiere decir él con que “deseara yo mismo ser anatema”? «Anatema» significa «maldición». ¿Significa que él hubiera preferido ir al infierno, si esto ayudara a sus compatriotas a ser salvos?
Prefiero creer que él sabía muy bien que el Señor ya había pagado todo el precio por la salvación tanto de judíos como de gentiles, y que cuando él dice que preferiría ser “anatema” (si esto ayudara a que los judíos fueran salvos), está hablando de su separación del ministerio que el Señor le había encargado.
Tal es el significado de ser llamado por Dios para el ministerio sagrado, que el sufrimiento sería virtualmente intolerable. Sin duda Pablo se refiere a este sufrimiento (anatema-maldición) en 1 Corintios 9:16: “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”
Con la expresión: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!”, ¿no se estaría refiriendo a la experiencia de Jonás, quien también fue llamado por Dios al ministerio?
En el mismo contexto de Romanos 9:16, tenemos también otra expresión que nos hace pensar, cuando dice: “Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Ro. 9:13).
¿Significa esto que Dios decidió aborrecer a Esaú para que se fuera al infierno, pero de la misma manera amó a Jacob para que fuera salvo, evitando la condenación eterna?
Bien sabemos que Jacob era mentiroso y engañador, lo cual no adorna la vida cristiana, ni antes ni ahora.
Cuando Dios dice que “a Jacob amé”, no habla de la salvación del uno ni de la perdición del otro. Habla de Jacob como padre de las doce tribus.
Dios no necesariamente escoge a los “mejores” y los de intachable testimonio o comportamiento para llevar a cabo sus propósitos. En el caso de Esaú y Jacob, la impresión que uno tiene es que Esaú era mucho mejor que su hermano. Jacob pagó muy caro por su conducta.
Los escogidos por Dios para el ministerio no pueden “pecar a crédito”, sino que deben pagar por sus faltas ahora mismo.
Pablo habla de este “pecar a crédito o al contado” en 1 Timoteo 5:24: “Los pecados de algunos hombres se hacen patentes antes que ellos vengan a juicio, mas a otros se les descubren después”.
¿Cuánto le costó a Jacob pagar sus faltas? Uno cosecha lo que siembra: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.” (Gá. 6:7).
Él logró comprar la primogenitura por un platito de lentejas. Luego logró arrebatar de su hermano las bendiciones de su padre. Es probable que esto sea sólo parte de lo que él era estando aún en su casa. Trataba por todos los medios sobresalir destruyendo a su propio hermano, gracias a sus debilidades.
¿Que cuánto le costó?
Enumeremos solamente algunas de las “cuotas” que tuvo que abonar este hombre amado por Dios:
1 - Tuvo que abandonar rápidamente su hogar dejando a sus padres con verdadero llanto (Gn. 28:5).
2 - Provocó la desobediencia de su hermano Esaú (Gn. 28:6-10).
Jacob realmente trató de “abrirse camino” para el éxito sin pensar que estaba destruyendo a su propio hermano. ¡Cuántas veces esto ocurre en las familias, incluso entre mayores, ya sean profesionales, arqueólogos, científicos, políticos y hasta entre los mismos ministros, pastores de iglesias!
Si usted no paga todo esto “al contado”, la deducción vendrá ante el tribunal de Cristo (2 Co. 5:10; 1 Co. 3:15). Esta es la razón por qué el Señor nos advierte: “Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados” (1 Jn. 2:28).
3 - Jacob por fin llegó a su destino, pero antes tuvo una maravillosa experiencia con Dios (Gn. 28:10-17).
A esta altura, ante semejante encuentro con el Señor, es probable que Jacob pensara que su cuenta había sido saldada y su balance con el Señor era cero.
4 - Jacob se enamora de Raquel, la hija menor de Labán, su futuro suegro. Acordó con Labán que serviría siete años por esa linda hija. Llegó el día del casamiento y todo marchó “bien”. Pero resulta que en la oscuridad de la noche su suegro Labán le dio a su hija mayor, Lea, por la cual Jacob no había trabajado siete años. Fue recién al día siguiente cuando Jacob descubrió lo que le hizo su suegro (Gn. 29:21-28).
¿Se imagina usted la furia del flamante esposo cuando descubrió que la cosecha fue mucho más amarga que la siembra?
5 - Como si esto fuera poco, la tan querida Raquel, siendo ya esposa de Jacob también, era estéril. Una breve discusión a raíz de esto aparece entre ambos (Gn. 30:1, 2).
6 - Jacob decide salir de la casa de su suegro e irse a su tierra, pero lo haría de manera secreta (Gn. 31:17, 18).
7 - Jacob sale con sus esposas, sus hijos y ganados, pero Labán lo alcanza y allí Jacob “se descarga” en contra de su suegro (Gn. 31:25-28, 38-42).
Jacob era el escogido por Dios para ser el padre de las doce tribus de Israel. Jacob escogió un camino difícil y peligroso, tal como lo hiciera Jonás, pero Dios nunca se equivoca, y él hizo que Su voluntad se cumpliera en todos sus detalles. Tanto Jacob como Jonás saldaron sus cuentas antes de partir, de modo que recibirán “galardón completo” (2 Jn. 8).
8 - El carácter de Jacob lo llevó a luchar con Dios y con los hombres, pero finalmente venció. ¿A quién? ¡Venció su carácter! Partió a la eternidad sin deudas. Sus pecados fueron descubiertos y fueron resueltos, perdonados.