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La historia del amor de Dios

  • Fecha de publicación: Sábado, 04 Julio 2026, 20:22 horas

“De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”
(Juan 3:16).

La Biblia es la historia del amor de Dios.  Considere ahora el siguiente relato, que no solamente ilustra el amor de Dios por nosotros, sino que también ilustra qué significa ser cristiano: Había un padre que tenía dos hijos.  El mayor era un joven hacendoso y fiel, que trabajaba en los campos de su padre sin quejas ni rezongos.  Pero el menor era diferente.  Le gustaba divertirse, y a medida que iba creciendo no sólo resultó perezoso, sino también malo.  Desarrolló malos hábitos: bebía en exceso y derrochaba el dinero.  Se convirtió en causa de vergüenza para su padre.

Un día se cansó de que constantemente le estuvieran diciendo que trabajara, así que le reclamó a su padre la parte de la herencia que le correspondía.  El padre le dio el dinero que le correspondía y el hijo partió hacia la gran ciudad, pero no para invertir sabiamente el dinero, sino para malgastarlo con malas compañías.  Al poco tiempo se quedó sin dinero y, por supuesto, sin amigos, ya que aquellos a quienes consideraba amigos resultaron ser solo amigos de su dinero.

Una sequía asoló aquel país durante ese tiempo y hubo poca comida y poco trabajo.  El joven comenzó a pasar hambre.  Sus finas prendas de vestir se convirtieron en harapos sucios.  Finalmente, consiguió un trabajo alimentando los cerdos de un hacendado.  Tenía tanta hambre que deseaba alimentarse con la comida que les daba a los cerdos.

Las punzadas que el hambre le causaba se fueron haciendo más fuertes.  Se sentía miserable.  Finalmente, el joven volvió en sí cuando se dio cuenta que aun los jornaleros que trabajaban en el campo de su padre estaban mejor que él.  Pero también se dio cuenta de que había pecado contra su padre (Lc. 15:17-20).

¿Puede usted imaginarse cómo se habrá sentido el joven al comenzar su viaje de regreso a casa?  Seguramente se habrá sentido avergonzado por lo que había hecho, apenado por todo el dolor y amargura que les había causado a sus padres.  Sin duda debe haber tenido miedo.  ¿Cómo le recibirían en su casa?  ¿Estaría el portal cerrado y trabado?  ¿Le dejarían entrar los criados?  ¿Le hablaría su padre o le castigaría?  ¿Le permitiría su padre siquiera regresar al hogar después de la vergüenza que le hiciera pasar?  Al acercarse a su casa vio una figura en pie junto al portón y se dio cuenta de que el mismo no estaba cerrado, sino abierto.  A medida que se aproximaba se dio cuenta de que esa persona era su padre y que estaba mirando el camino en dirección suya.  Su padre finalmente lo vio y corrió hacia él(Lc. 15:20).

El hijo comenzó a hablar: «Padre, padre, he pecado de tal manera contra Dios y contra ti que ya no soy digno de ser tratado como hijo tuyo.  ¿Podrías por favor tomarme como jornalero?».

Pero parecía como si en su alegría el padre casi ni hubiese oído al hijo.  «¡Criados!», gritó.  «¡Criados, vengan aquí inmediatamente; traigan la mejor túnica que tenemos y póngansela a este muchacho!  Traigan sandalias.  Y traigan también el anillo de la familia para colocárselo en su dedo.  Preparen comida como para una gran fiesta, la fiesta más grande que hayamos tenido.  ¡Miren qué ha sucedido!  Mi muchacho, mi hijo precioso, estaba muerto, pero ha revivido.  ¡Ha vuelto a mí!  ¡Está aquí!  ¡Regocijémonos y celebremos!»
Fue así que el hijo extraviado no fue castigado, ni reprendido, ni rechazado.  La puerta estaba abierta, no cerrada.  El padre estaba alborozado, no enojado.  El hijo fue tratado como hijo, no como jornalero o criminal».

El  significado  de  este  relato

Este relato es una dramatización de la parábola del hijo perdido que Jesús mismo contó, que encontramos en Lucas 15:11-32.  ¿Qué quiso decir con esta historia?  Jesús estaba ilustrando una verdad importante, que hay solamente dos tipos de religión en el mundo de hoy.  Una de ellas dice que tenemos que ganarnos nuestro derecho a acercarnos a Dios.  Que Dios es un Dios enojado y debemos aplacar su ira con sacrificios y ritos.  Nunca podemos estar completamente seguros de que Dios nos aceptará, porque nunca podemos saber con seguridad qué podemos hacer para agradarle.  Esta no es la religión de la Biblia.

La otra clase de religión, dice Jesús, nos muestra que Dios, como el padre de la parábola, está esperando ansiosamente que regresemos.  ¡No tenemos que ganarnos el derecho a volver!  Dios mismo nos da la bienvenida.  Y así como el padre puso una túnica sobre su hijo, y calzó sus pies con sandalias y le puso un anillo en el dedo, así nuestro Padre Celestial nos hará presentables para estar en su presencia.

¡Esta es la verdad más hermosa de todo el mundo!  No hay nada que nosotros podamos hacer para hacernos aceptables ante Dios.  Ni ritos, ni cultos, ni sacrificios, ni ninguna cantidad de buenas obras podrán nunca llevarnos al punto en que, al regresar a Dios, podamos decirle que él debe dejarnos entrar a su presencia.  Pero si venimos humildemente, apenados por lo que hicimos, si venimos como aquel hijo que regresó a su padre, entonces Jesús dice que Dios tendrá la misma actitud hacia nosotros que el padre tuvo hacia su hijo.  ¡Seremos bienvenidos!  Y Dios mismo lavará todos nuestros pecados.  Nos limpiará de todo lo malo que hayamos hecho.  ¡Será como si nuestros pecados nunca hubiesen existido! (Sal. 103:9-13).

Esta es la maravillosa verdad de la Biblia.  Ninguna otra religión enseña esto.  Todas las otras religiones dicen que nosotros mismos debemos hacernos agradables a Dios.  Solamente el verdadero cristianismo, dice que nunca podemos llegar a hacernos agradables ante Dios, pero que Dios mismo lo hará por nosotros.

Dios  quiere  que  usted  vuelva

El mensaje total de la Biblia es que Dios nos ama tanto que quiere que volvamos a él.  Así como el padre estaba esperando ansiosamente el regreso de su hijo, así Dios anhela que regresemos a él.

¿Pero cómo puede Dios perdonar nuestros pecados?  ¿Los pasa por alto, sin prestarles atención?  Eso no es justo, ¿no es así?

No, Dios no pasa por alto nuestros pecados.  Nuestros pecados son castigados.  Pero Dios nos ama tanto que permitió que su Hijo, Jesucristo, fuese castigado en lugar nuestro.  ¿Recuerda usted el pasaje bíblico mencionado al principio de esta columna? ¿Dado para qué?  Él dio a Jesús para que llevase sobre sí el castigo del pecado que nos tocaba a nosotros.  Por eso, cuando volvemos a él y confesamos nuestros pecados, él nos puede perdonar porque todo el pecado que hemos cometido ha sido pagado mediante la muerte de Cristo en la cruz.

Pedro, cuando mucha gente le preguntó qué podían hacer para ser salvos, dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2:38).

Dos son entonces las cosas que debemos hacer para volver a Dios:

1. Arrepentirnos: Esto quiere decir que tenemos que reconocer que hemos pecado.  Quiere decir también que admitimos que no podemos hacernos agradables ante Dios por nosotros mismos, sino que debemos entregarnos a su misericordia.  Le decimos a Dios que estamos afligidos y apenados por nuestros pecados.

2. Ser bautizados: Esto significa que debemos creer que Jesús es nuestro Salvador y declararlo públicamente ante otra gente.  Esta declaración pública comienza con el bautismo, pero es una confesión pública que debemos hacer también con nuestra boca.  Debemos estar dispuestos a ser conocidos como cristianos.

Usted puede comenzar a ser cristiano ahora mismo.  Esto se logra entregándose uno a Cristo en oración.  Ore en voz alta la siguiente plegaria: «Padre Celestial, he pecado contra ti y contra otros.  Confieso ese pecado.  Te pido que me recibas como hijo(a) tuyo(a) para vivir contigo para siempre.  Creo que has castigado mis pecados en tu Hijo Jesús, y que ahora ya han sido apartados de mí tan lejos como el oriente está del occidente.  Conviérteme en un ser agradable ante ti.  Ponme el manto de justicia.  Dame tu Santo Espíritu para que pueda producir en mi paz, gozo, amor, mansedumbre, bondad y pureza.  Te pido esto en el nombre de Jesús, mi nuevo Salvador y Señor. Amén».

Después de haber hecho esta oración, usted puede estar seguro de que Dios la contestará y que una nueva vida ha comenzado en usted.  Esta nueva vida no será apagada: “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6).

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