La teología del reemplazo - P 5
- Fecha de publicación: Sábado, 08 Agosto 2026, 18:43 horas
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¿Cuál es la responsabilidad de la Iglesia?
El Señor Jesucristo dijo: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). La Iglesia está edificada sobre el conocimiento y el testimonio del propio Jesús, quien era judío. Efesios 2:11-14 indica que Israel y los judíos fueron escogidos inicialmente, pero los gentiles fueron también incluidos: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”.
La Iglesia está vinculada a Israel y ha sido hecha partícipe de los pactos, las promesas y las esperanzas. Sin embargo, no hemos sido llamados a reemplazar a Israel, simplemente hemos sido injertados, y hechos cercanos. Somos descendientes de Abraham por la fe, herederos según la promesa a manera de hijos adoptivos, y participantes de sus bienes espirituales.
La Iglesia ha sido llamada para predicar el Evangelio a las naciones y hacer discípulos, tal como dijo el Señor Jesucristo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mt. 28:19, 20).
Asimismo, debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza, y también amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Éste es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Mr. 12:30, 31).
La Iglesia ha sido llamada a demostrar el amor de Dios al pueblo judío “por causa de los padres”, ya que sin ellos no tendríamos la Palabra de Dios ni el Mesías, quien fue un judío y vivió en Israel.
Debemos demostrarles misericordia porque Dios nos ha demostrado misericordia: “Así también éstos ahora han sido desobedientes, para que por la misericordia concedida a vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Ro. 11:31, 32).
Debemos compartir con ellos nuestros bienes materiales: “Pues les pareció bueno, y son deudores a ellos; porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales” (Ro. 15:27).
Debemos orar por ellos y por la nación de Israel: “Pedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te aman” (Sal. 122:6).
Somos llamados a ser guardas sobre sus muros y protegerlos hasta que Dios restablezca a Jerusalén: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. os que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra” (Is. 62:6, 7).
También debemos ayudarlos con su retorno y en la reedificación de Sion: “Ciertamente a mí esperarán los de la costa, y las naves de Tarsis desde el principio, para traer tus hijos de lejos, su plata y su oro con ellos, al nombre de Jehová tu Dios, y al Santo de Israel, que te ha glorificado. Y extranjeros edificarán tus muros, y sus reyes te servirán; porque en mi ira te castigué, mas en mi buena voluntad tendré de ti misericordia. Tus puertas estarán de continuo abiertas; no se cerrarán de día ni de noche, para que a ti sean traídas las riquezas de las naciones, y conducidos a ti sus reyes” (Is. 60:9-11).
“No obstante, he aquí vienen días, dice Jehová, en que no se dirá más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de tierra de Egipto; sino: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras adonde los había arrojado; y los volveré a su tierra, la cual di a sus padres. He aquí que yo envío muchos pescadores, dice Jehová, y los pescarán, y después enviaré muchos cazadores, y los cazarán por todo monte y por todo collado, y por las cavernas de los peñascos” (Jr. 16:14-16).
Por último, el mensaje claramente evidenciado en el Nuevo Testamento es que la Iglesia debe amar y honrar al pueblo judío.
En Romanos 11:11, 12 y 25-27 leemos: “Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos. Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?... Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, Cuando yo quite sus pecados”.
